martes, 21 de abril de 2009

EL VIEJO CEMENTERIO DE SAN BARTOLOMÉ

La Iglesia Parroquial de San Bartolomé de Lanzarote, tuvo su principio en Abril de 1.796. Fue designado primer Párroco, D. Cayetano Guerra Clavijo y Perdomo, hijo del Mayor Guerra; ambos naturales y vecinos de este pueblo.

La Iglesia tiene forma de perfecta cruz latina, con una nave central y dos capillas laterales. Cuenta con Altar Mayor, púlpito, coro y su correspondiente campanario de cuatro caras. La cubierta es de dos aguas en la nave central y de cuatro en el altar Mayor y las Capillas. Junto a la puerta de la entrada principal, de dos hojas, (tiene otra lateral, también de dos hojas), hay un espacio donde se encuentra una contrapuerta de madera con dos hojas laterales, que a modo de atrio, evita la entrada directa de la calle al interior del templo.




Iglesia Parroquial. Foto 1920


Cuando los pueblos carecían de cementerio, era costumbre dar sepultura a los difuntos –como en siglos pasados- dentro de la Iglesia. Esto al parecer nos viene desde Roma y la construcción del Panteón Romano. El Panteón era un edificio reservado como sepultura y templo destinado a los Dioses.

San Bartolomé, al inaugurarse la Iglesia Parroquial, careció de cementerio, motivo por lo que los enterramientos tuvieron lugar dentro del templo, pese a la Real Cédula de Carlos III, promulgada en 1787, por la que se estableció el uso de cementerios ventilados fuera de las poblaciones y que “sólo trata de evitar enfermedades, epidemias y pestilentes que se creen nacen del aire de las Iglesias, corrompido por los cadáveres que se entierra en los pavimentos” y “se evite el más remoto riesgo de filtraciones”. Como se ve, la necesidad de establecer cementerios fuera de las poblaciones no era ya solamente una cuestión de espacio, sino también de salubridad pública, asunto este de mucha mayor importancia. La Real Cédula fue acogida de buena gana por parte de la población y de las autoridades civiles.

Desconocemos como se distribuían los enterramientos de los cadáveres de los parroquianos dentro del recinto de la Iglesia, desde la entrada hasta el altar mayor. Generalmente se solía reservar un lugar preferente para las autoridades eclesiásticas y miembros notables de la sociedad. Respecto a los enterramiento en la Iglesia de San Bartolomé, solamente tenemos constancia documental del enterramiento, el 4 de Febrero de 1808, del Alguacil Mayor y Regidor de la Isla de Lanzarote, el Teniente Coronel Don Francisco Tomás Guerra Clavijo y Perdomo, “Mayor Guerra” y su esposa Doña María Andrea Perdomo Gutierrez, el 6 de Mayo del mismo año, en la Capilla de Nuestra Señora de los Dolores, cuya construcción fue costeada por los mismos, amortajados con los hábitos del seráfico San Francisco de Asís y la del Señor Santo Domingo, respectivamente.

A los pocos años de inaugurarse la Iglesia, el recinto interior de la misma se encontraba casi ocupado y al momento de celebrarse las misas, los concurrentes comenzaron a sentir olores nauseabundos a carne putrefacta de los cadáveres sepultados durante esos años, mezclados con olores a flores propios de los velatorios, también mezclados con los humos de las velas de cera y sebo, más olores propios de las personas que llenaban el templo, hacía que tuviese que ser impresionante el sacrificio de los feligreses, por la devoción en la creencia religiosa, al soportar por más de una hora el ritual de la misa.

El Alcalde del pueblo recibió notificación del Párroco Don Cayetano Guerra, dándole cuenta de la gravedad de la situación de la Iglesia. Por medio del siguiente edicto, convoca a los vecinos para tratar de la construcción de un Cementerio, cuyo contenido literal es el siguiente:

“En el pueblo de San Bartolomé a veinte de Agosto de 1809, el Señor Don Francisco de la Cruz Guerra Ferrer, (sobrino del Mayor Guerra), Capitán de Milicias, Juez Militar y Alcalde del pueblo, dice: Para tratar de asuntos urgentísimos en que se interesa el buen Estado y Conservación al Público, quantas son las disposiciones que se han de dar para la formación de un Cementerio por no poderse ya darse sepultura a nuestros cadáveres dentro de la Parroquia, según lo ha hecho presente el venerable Párroco en oficio a catorce del que se rige, que en él ha insinuado que ya ha dado sepulcro dentro del osario por hallarse ocupada la Parroquia y observar principio de cierta fetidez que nos amenaza de alguna peste de la que debe precaver sin perder momentos, por los medios más eficaces, ruego a los vecinos concurran todos los que quieran, para tratar de una materia tan importante, en cuya asistencia manifestarán el interés que todos toman en este asunto. Y para que conste, así lo dicto, mando y firmo: Francisco de la Cruz Guerra Ferrer”.

El edicto del Alcalde suscitó diferentes opiniones relativas al emplazamiento del nuevo cementerio, materializadas en dos corrientes de opinión. Unos eran partidarios de la construcción junto a la Iglesia Parroquial, (los adictos al Alcalde y su familia, que constituían la mayoría), mientras otros fueron partidarios de la construcción fuera del pueblo, por encontrar inconvenientes en hacerlo dentro del mismo. Estos últimos, “disidentes de la corriente oficial”, se reunieron y constituyeron una Junta presidida por don Francisco Betancort y don José Perdomo Perdomo, entre otros vecinos, para hacer ver al pueblo el inconveniente de construir el Cementerio dentro del mismo.

Con la opinión en contra de unos pocos, la mayoría de los vecinos decidieron que el Cementerio se construyera junto a la Iglesia, ofreciéndose para repartirse el costo de los terrenos donde habría de construirse el Cementerio, construcción que comenzó de inmediato.

Al iniciarse las obras, quienes estaban en contra de su decidido emplazamiento, fueron con la queja al Alcalde Mayor de la Isla y este, después de oirles, “solicitó se mandase suspender la mencionada fábrica hasta que con mayor conocimiento de causa se destinase un sitio más a propósito para ella y en que menos peligrase la pérdida de su saludable objeto”.

Este mandato del Alcalde Mayor convenció al Juez quien, “observando lo importante y útil de semejante pretensión, accedió a ello y libró el competente despacho para que se verificase su publicación en el primer día festivo, después de la misa”. Como esta providencia era un poco agria, el Párroco entregó el documento al Alcalde de San Bartolomé, quien teniéndolo ante sí, como se esperaba, dio lugar a una queja ante el ordinario, para que fuese él, quien lo comunicara a los vecinos.

Al tener conocimiento de este mandamiento, los partidarios de la construcción del Cementerio junto a la Parroquia, “se quejaron y negaron a que se suspendiesen las obras, también querían que se les oyese en justicia, que se hicieran pericias y reconocimientos”.

Estas desavenencias duraron algún tiempo y de ellas “ha tenido gran parte, la culpable tolerancia del Juez, quien ha dado margen a muchos y graves perjuicios, siendo el mayor de ellos, el que todavía insisten aquellos quatro o seis poderosos aliados del Cura y del Alcalde de San Bartolomé, en el encaprichado deseo de llevar a efecto la obra del Cementerio junto a la Iglesia”.

Las diferentes opiniones, con sus correspondientes quejas e intervenciones judiciales, llevarían consigo la paralización de las obras del Cementerio al tiempo que se agravaba la situación dentro de la Iglesia, al no poderse enterrar más cadáveres en la misma por encontrarse ésta totalmente ocupada.

Ante esta difícil y peligrosa situación, el Alcalde no dudó en tomar una determinación, apoyado por las fuerzas vivas del pueblo, determinación que quedó recogida en la siguiente acta:

“Una semana más tarde, el 27 de Agosto de 1809, comparecieron en la Sala del Ayuntamiento de San Bartolomé, el señor Alcalde don Francisco de la Cruz Guerra Ferrer, el Capitán don Juan Vicente Bethencourt Brito, el Teniente y Diputado don Nicolás de Salazar Carrasco Ferrer, al Capitán don José Guerra Clavijo y Perdomo, el Teniente don Rafael Ferrer Ramírez, el Sub-Teniente don Manuel Perdomo Fuigueroa, los vecinos don Antonio Perdomo Figueroa y don José Perdomo Perdomo, entre otros. También asistió el venerable Párroco don Cayetano Guerra Perdomo.
Todos ellos toman el acuerdo de construir el Cementerio junto a la Iglesia, por el Poniente, como se tenía previsto y por lo que respecta a los gastos de la fábrica de paredes, puertas y demás, acuerdan hacer frente a los mismos, si bien han de correr por el pueblo, personas de respeto, a fin de que voluntariamente ofrezcan todo como vecinos y si estos ofrecimientos no acceden al costo de la fábrica, vuélvase a reunir el pueblo y prudentemente se repartirán lo que falte”.

La propuesta defendida por el Alcalde y su familia, salió triunfadora y muy pronto se acabó la construcción del Cementerio, comenzando los enterramientos en el año de 1810.

Además de su equivocado emplazamiento, el Cementerio adoleció de falta de espacio, pues su utilización fue relativamente corta, algo más de un siglo. En 1925 se iniciaron las obras para la construcción de un nuevo cementerio, en las afueras y al sur del pueblo, inaugurado en 1927, en tiempos del Alcalde don José Cabrera Torres.









Cementerio Municipal 1927




En la década de los sesenta, del pasado siglo, por acuerdo de la comunidad religiosa se decidió construir un Salón Parroquial en el solar del antiguo Cementerio. Años más tarde, en convenio con la Diócesis, la propiedad pasa al Ayuntamiento. La Corporación ejecuta las obras necesarias para remodelar el Salón y convertirlo en un amplio y moderno Teatro Municipal.



domingo, 12 de abril de 2009

LA "DIOSA TANIT"


La civilización púnica nació, se desarrolló y tuvo su auge en tierra africana, durante la unión de África con Oriente y el Egipto milenario, iniciada por los fenicios, en el siglo XI a.C.

Fueron los cartagineses, a partir del siglo VIII a.C., con la fundación de Cartago, capital del mundo mediterráneo, quienes hicieron entrar al África en la luz de la historia, por medio del comercio, la religión y el saber, desarrollando una nueva civilización llamada líbico-púnica, al ponerse en contacto con las poblaciones del interior africano.

Cartago, por su fundación real y legendaria, por la red de fundaciones a lo largo de las costas mediterráneas, por sus conquistas y explotaciones más allá del Estrecho de Gibraltar, constituyeron un imperio marítimo que se desarrolló hasta el siglo II a.C. Las famosas guerras púnicas que enfrentaron Roma y Cartago, marcó el fin y la destrucción de una ciudad, pero no la influencia de su civilización, que duraría algunos siglos más.

Cartago, desde su fundación por los marinos tirios, era conocida como “reina de los mares”, pues no ha existido otra ciudad que haya dependido tanto exclusivamente del mar. Los cartagineses dominaron muy lejos sobre el mar, llevaron sus armas a otros territorios y fundaron colonias por todas partes. Por su poderío igualaron a los griegos y por sus riquezas, a los persas.

Desde la más remota antigüedad, en todos los pueblos y en todas las culturas se hace referencia a las creencias religiosas de los pueblos antiguos, adorando a una “Diosa-Madre”, creadora y sustentadora del universo, madre a su vez de otros dioses y todos ellos protectores de la vida, de su pervivencia, de las aguas, de las cosechas y sustentadora del universo.

La representación de las denominadas Venus o “Diosas–Madres” y de otras diosas derivadas de ellas ha sido generalmente un triángulo o trapecio, colocando en el vértice superior una barra horizontal a modo de brazos y cuyos miembros aparecen, en algunas representaciones, algo elevados, y un círculo encima de este, el disco solar. Este es el signo con el que se representa a la “Diosa Tanit”, que se repite en Cartago, en el Mediterráneo, en la costa occidental africana y en las islas Canarias.
En el centro de la ciudad de Cartago, en la colina de Byrsa, se intaló el Tophet, santuario consagrado a las divinidades tutelares de la ciudad: el “Dios Baal Hammon” y la “Diosa-Madre Tanit”, constituyendo un área sagrada con sus estelas votivas y urnas cinerarias. La “Diosa Tanit” fue considerada como Señora del Cielo y el Infierno, Diosa del Amor, de la Fortuna, de la Felicidad, de la Fecundidad y hasta de la guerra y de la muerte. El culto a la “Diosa-Madre Tanit”, (diosa secundaria en Sidón, elevada por Cartago a lugar preeminente, se convirtió en diosa tutelar a partir del siglo V a.C.), se extendió por el área mediterránea y a todos los lugares de la civilización púnica.








Estela de la Diosa Tanit. Museo de Cartago



Estela de la Diosa Tanit. Museo BB. AA. de Cádiz


A mediados del siglo V a.J.C., el explorador cartaginés Hannón el Navegante, narra la fantástica exploración por las costas del África sahariana y ecuatorial, llegando hasta el golfo, llamado elCuerno del Sur.

Desconocemos la fecha exacta de la llegada de los primeros pobladores a las Islas Canarias que, según varios historiadores, pudieron llegar hacia el siglo V a.C. El poblamiento continúa siendo un interrogante, así mismo se desconoce si los cartagineses llegaron y tuvieron presencia en las islas y si fueron ellos los que introdujeron la adoración a la Diosa-Madre, en su aspecto “Tanit”. Es posible que se acercaran a las islas y permanecieran en ellas de forma esporádica, bien porque algún temporal los alejara de la costa africana o que lo hicieran huyendo de ataques piráticos.

Existen en las islas una serie de cuevas y lugares en los que se han localizado inscripciones líbico-bereberes acompañadas de otras incisiones lineales, influenciadas por la cultura púnica, destacando en alguna el símbolo representativo de “Tanit”, asociado a otros motivos y figuras. Estas grabaciones están presentes en lugares como: la Cueva Santa en Tenerife; el santuario de los Santillos en el Hierro; Pico de Piragua en Fuerteventura; Cueva Grabada de Silva en Gran Canaria, entre otros. “Tanit” ha sido nominada en sus representaciones como: Istar, Astarté, Tara, Moneiba, Diosa de Tajao, Abora, Chaxiraxi; diferentes nombres para una única Diosa.

En Lanzarote, el símbolo “Tanit”, se encuentra grabado en un bloque de piedra del Pozo de la Cruz en San Marcial del Rubicón, junto a otros motivos geométrico y dos grabados de pies humanos.


Grabado localizado en el Pozo de la Cruz. Lanzarote


Los grabados y estatuaria de la diosa “Tanit”, comprende a todo el Archipiélago. Sus representaciones vienen a ratificar la conexión entre los mundos religiosos canario, púnico y bereber.

Con la intención que, con el paso de los años, perdurara en el tiempo elementos y usos de la costumbres canarias, fue fundado un museo, al que se nominó “Museo Etnográfico Tanit”, ubicado en las antiguas bodegas de una tradicional casa canaria del siglo XVIII, el cual ofrece la más completa visión de los bienes y enseres utilizados por nuestros antepasados, desde los “majos” hasta la primera mitad del siglo XX. Acercarnos a conocer los utensilios, vestimentas y documentación que formaron parte de la vida social, laboral y religiosa de los lanzaroteños, nos permite adentrarnos en las raíces de un pueblo capaz de arrancar a los volcanes un haz de vida.


Logo del “Museo Etnográfico Tanit”


Los fundadores y creadores del Museo, José Ferrer y su esposa Remy de Quintana, son conscientes del importante papel social y educativo que desempeñan los museos, no solo como centros de información y difusión del conocimiento multidisciplinar hacia nuestros conciudadanos, sino como un eficaz medio de acercamiento a todos los pueblos del mundo que lo visitan. El Museo no sólo conserva el pasado y su conocimiento, sino que quiere ser un referente social del momento histórico que vivimos, de cara al turismo que se acerca a nuestra isla, que además de “tomar” el sol y disfrutar de la playa, exige algún elemento cultural más, que puede encontrar en el “Museo Tanit”, situado en el centro de la isla: San Bartolomé de Lanzarote.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

El "camello moro" de mi abuelo

Mi abuelo materno, Eloy Perdomo, pasó la mayor parte de su nonagenaria vida relacionada con el campo y la agricultura. Su vivienda, en San Bartolomé de Lanzarote, fue una típica casa rural canaria de comienzos del S. XVII, se componía de un patio central al que daban la mayoría de las habitaciones, cocina con horno, excusado y dependencias para granero, cuarto de paja, gañanía, cuadra, corrales, tres aljibes, era y terreno de cultivo.
Tenía varios animales, entre ellos dos camellos. Valoraba y prefería a los ejemplares machos, por su mejor condición para las labores de carga y trabajos agrícolas.
En Canarias se ha nominado desde siempre, “camello” al dromedario de una joroba, también conocido como camello arabesco, cuyo nombre proviene del hebreo “gamal”, que significa “devolver” o “compensar”, ya que el camello hace generalmente lo que su amo o camellero le pide.
Existe abundante bibliografía relativa al “camello canario”, donde sus autores describen e informan ampliamente y con profusión de detalles la importancia que ha tenido, para la mayoría de las islas y en particular para Lanzarote, este peculiar dromedario.
Para el cuidado y atención de los animales, sobre todo de los camellos, mi abuelo tenía un camellero, señor José Rodríguez, conocido por “Rufino”. Señor José vivía en la calle Parranda, en el barrio el Morro de San Bartolomé. Conocía como pocos la atención y cuidado de todo lo relacionado con estos animales, principalmente sus costumbres, alimentación, enfermedades, aperos, celo, cubrición, manejo, etc.
Tenía por costumbre vender uno de los camellos cuando tenía más de 35 años y adquirir otro con 5 ó 6 años de edad. Recuerdo que hacia 1945, venía a Lanzarote un rico comerciante moro llamado Babahamed, acompañado de otros moros, entre ellos Mohamed y Hadmed. Solía traer una treintena de camellos que en caravana, los llevaba desde el muelle “viejo” hasta Argana, en las afueras de Arrecife y a la caldera de la montaña de Soo; en este lugar solía reunir a los camellos viejos que por cambios o compras adquiría, durante su estancia en la isla.
Desde estos lugares recorría los pueblos, llevando media docena de ellos, para venderlos. Cuando pasaba por San Bartolomé, los dejaba en un terreno que junto a su casa tenía mi abuelo, con el que mantenía muy buena relación; los dos o tres días que se quedaba en el pueblo, dormía en el cuarto de la paja.
El año al que he hecho referencia, mi abuelo le encargó a Babahamed que al siguiente viaje le trajese un buen camello, un camello fuerte, el mejor camello que pudiera encontrar. Pasados tres años, de nuevo se desplaza a la isla Babahamed con una buena partida de camellos, entre ellos un hermoso camello de 6 años, más alto de lo normal, de apariencia bastante fuerte, con gruesas patas delanteras y pelo de color canelo oscuro. Desde que mi abuelo lo vio, se enamoró de él y lo compró, entregándole a cuenta de su valor, el camello más viejo de los dos que tenía. Señor “Rufino” lo bautizó con el nombre de “el camello moro”; al otro le llamaba “el canelo”, por su pelo, de color marrón claro.
Después de la trilla, era costumbre guardar los granos, que se dejaban para consumo del año y para semilla de la próxima cosecha, conservándolos en toneles viejos, inservibles para contener vino y en bidones de hierro, a los que se les quitaba uno de los fondos. A medida que se iban llenando los depósitos de grano, se les añadía “jable del monte” y con un palo o vara alargada, introducido en el depósito, se iba removiendo para que el “jable” fuera introduciéndose por los huecos. Con esta operación se conseguía que los granos no se picaran; lo mismo se hacía para conservar las papas y evitar que se “grellaran”, extendiéndolas en el piso, en un extremo del granero o en una “tronja”, cubriéndolas con jable.
En San Bartolomé conocemos por “monte” al territorio, situado al noreste del pueblo, cubierto por el “jable”, arenas volanderas que arrastradas por el viento atraviesan la isla desde la playa de Famara hasta la de playa Honda. Son las arenas más finas y livianas de las que el mar arrastra hacia la costa. Este es el “jable” utilizado para la conservación de granos y papas.
Los agricultores transportaban el “jable” en cajas de vendimia, que sujetaban a la silla de carga de los camellos. Aunque el camello es un animal muy fuerte y capaz de cargar una mercancía equivalente a su propio peso, las dos cajas de vendimia llenas de “jable” pesan cerca de 500 kilos y aunque el animal puede transportar ese peso, resulta peligroso para su integridad física, sobre todo al levantarse o “tuchirse”, con tan pesada carga; los camelleros, cuando transportaban “jable” en cajas de vendimia, solo las llenaban poco más de la mitad.
Mi abuelo quería echársela con que tenía el camello más fuerte y encargó a señor “Rufino”, que fuera al monte con el camello moro y trajera las dos cajas de vendimia llenas de “jable”. Señor “Rufino” le indicó que era un atrevimiento lo que pretendía, porque el camello, bien al levantarse o “tuchirse” podía desgraciarse. Cuando un camello intenta levantarse extiende primero una de las patas delanteras con la que se mantiene momentáneamente, hasta extender la otra; el excesivo peso al sacar la primera pata puede ocasionarle la rotura de la misma. Al “tuchirse” y doblar una de las patas delanteras, puede ocasionar que el excesivo peso contribuya con su inercia a desplazar el animal hacia delante, tumbándolo con toda la carga, produciéndole algún irreparable mal.
Ante la insistencia de mi abuelo, marcha hacia el monte señor “Rufino”, con su camello, para intentar traer las dos cajas de vendimia, llenas de “jable”. En la casa esperan ansiosas varias personas la llegada, o no, del “camello moro” con su pesada carga. Eran diversas las opiniones, sobresaliendo los que pensaban que el camello no llegaría. Habían pasado más de dos horas cuando ven aparecer a camello y camellero acercándose lentamente hasta la casa. Señor Rufino aclaró que llenó las cajas hasta arriba y que el camello se había levantado sin dificultad, pero seguía opinando que lo realizado había sido una temeridad. Fui testigo presencial de este hecho y pude observar que aunque aparentemente mi abuelo quedó muy satisfecho y ufano de la fortaleza de su “camello moro”, estoy seguro que, en su interior, quedó arrepentido de semejante barbaridad. Para la descarga, y evitar que al “tuchirse” el camello sufriera algún percance, ordenó que se sacara la mitad del jable, estando el camello parado.
Unos años más tarde, el “camello canelo”, cuando cumplió los 29 años, enfermó de “garrotejo” y murió. Fue el camello “moro” quien lo arrastró hasta la caldera de la montaña Mina, para enterrarlo. Esta caldera servía de “cementerio de animales” cuando fallecían los camellos, burros, cabras, ovejas y algún que otro animal mayor. A los camellos muertos le ataban las patas y le doblaban el cogote hasta la joroba, para evitar que al arrastrarlo le rozase la cabeza por la tierra.
El “camello moro”, se utilizó de semental durante varios años. El encargado de las cubriciones fue siempre señor “Rufino”. El conocía muy bien la fecha de la cubrición, generalmente el mes de Mayo; tenía buen ojo cuando le traían alguna camella para cubrirla, con opiniones muy acertadas sobre el momento de la monta e incluso actuaba de “mamporrero” cuando la camella trataba de rechazar al macho o se mostraba “desinquieta”.
Con casi 40 años de edad y después de una larga vida de trabajo, (los camellos suelen tener una vida media de 40 a 45 años), mi abuelo vendió su “camello moro” a un comerciante del Aaiun que se dedicaba a la compra de camellos viejos, para su sacrificio. Los árabes aprovechan casi todas las partes del camello, principalmente su carne, la piel, los huesos y la grasa de las jorobas.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

LA CASA AJEI




Durante el reinado de Carlos II “El Hechizado”, llega a Lanzarote, a comienzos de siglo XVII, el Capitán Don Blas Ferrer Palestrelo, natural de Valencia, para posesionarse del cargo de Comandante del Regimiento de Milicias Canarias en Lanzarote, cuyo destacamento se encontraba en Teguise, capital de la isla, en la época de Don Agustín de Herrera y Rojas, II Marqués de Lanzarote.

Muy pronto se arraiga en esta isla, donde algunos descendientes utilizaron indistintamente el apellido Ferrer o Ferrera. La rama establecida en San Bartolomé, optó por conservar el apellido originario y de ella descienden todos los Ferrer lanzaroteños.

A Don Blas le sucede su hijo Don Manuel Ferrera Palestrelo y a este, su primer hijo, Don Blas Ferrer Palestrelo, quien al igual que su abuelo, se inclina por la carrera militar. Casó en Teguise, en 1676, con la vecina de San Bartolomé Doña Josefa María Rodríguez Díaz. Con motivo de su matrimonio, fija su residencia en el lugar de “Ajei”, que se encontraba asentado, al oeste del volcán de Emine, (Montaña Mina), siendo el primer Ferrer establecido en San Bartolomé.

La antigua “Aldea de Ajei”, estaba situada en la zona del “jable”, arenas “volanderas” que arrastradas por el viento atraviesan la isla, desde Famara hasta Playa Honda, y que poco a poco fueron extendiéndose por los parajes colindantes, ocasionando que el primitivo asentamiento tuviera que cambiar de emplazamiento, pues la mayoría de sus casas se fueron soterrando y quedaron arruinadas.

De los seis hijos habidos en el matrimonio, destacamos al mayor, Don Blas Ferrer Rodríguez, que continúa la línea y al menor, Don Agustín, Presbítero y fundador, en 1730, de la Iglesia del Espíritu Santo de Teguise, junto con un hospital de dos camas. En algunos documentos aparece Don Agustín apellidado como Rodríguez Ferrer. En su testamento, cedió al Patronato del Hospital, su casa, situada cerca del templo parroquial, con su bodega, caldera de destilar de poco más de media pipa, una pila canaria de lavar la ropa, tres cuadros con guarnición de a dos varas representando la venida del Espíritu Santo sobre el Sagrado Colegio Apostólico, diez taburetes y una mesa. Uno de los cuadros representando a los Apóstoles en el Cenáculo fue trasladado al templo de la Vera-Cruz, al desplomarse la Iglesia del Espíritu Santo, el 2 de Febrero de 1862. Se conserva el salón del Hospital, que sirvió de Teatro y en algunas ocasiones hasta de sala de baile.

Volviendo a Don Blas, nació en Teguise, el 7 de Septiembre de 1698. Contrajo matrimonio el 2 de Junio de 1735, con Doña Catalina de la Cruz de Aguiar, nacida el 15 de Enero de 1715, hija de Don Domingo Luis de la Cruz y Doña Catalina Rodríguez de Aguiar. Militar de profesión, fija su residencia en San Bartolomé. Construyó una vivienda en el nuevo asentamiento del pueblo, más al oeste, cerca de los Morros del Cascajo y en los alrededores de la primitiva ermita. La nueva edificación fue conocida durante muchos años, como “Casa de los Ferrer”, y desde 1986 “Casa Ajei”.

Esta vivienda solariega, conserva toda su pureza y es una muestra genuina de la arquitectura popular rural de la época, a caballo entre las influencias mediterráneas y americanas. Los campesinos lanzaroteños construían sus viviendas, guardando distancia entre casa y casa, quizás para garantizar su privacidad e independencia. Es una edificación de planta rectangular, de grandes dimensiones, con amplio patio en el centro, en torno al cual se distribuyen las estancias. Por una escalera de piedra labrada se accede al “sobrado”, con bello balcón de tea. Techos de dos y cuatro aguas, cubiertos con tejas canarias. Predomina la piedra labrada en dinteles de puertas y ventanas. El salón principal estaba adornado con rico artesonado de madera y falso techo corredizo. No le faltaba en lo alto de sus paredes, los característicos agujeros que servían de nido a las palomas. A los propietarios de las viviendas que disponían de una habitación en la parte alta, generalmente destinada a dormitorio del cabeza de familia, se les tenía una mayor consideración, por su relevancia económica, social y política.

Fue su descendiente, Don Blas Ferrer de la Cruz, nacido el 12 de Marzo de 1751. Contrajo matrimonio, en Teguise, el 5 de Noviembre de 1781, con la vecina de San Bartolomé, Doña Rafaela Perdomo Luzardo, (1753 – 1841), hija de Don Antonio Perdomo Luzardo y Doña María Andrea Gutiérrez. Don Antonio también había construido, en 1735, su vivienda en el nuevo asentamiento de San Bartolomé, conocida durante muchos años como “Casa de los Perdomo”, edificación que se conserva en buen estado y donde en la actualidad está instalado el “Museo Etnográfico Tanit”.

A Don Blas le sucede el mayor de sus hijos, Don Tomás Ferrer Perdomo, nacido en San Bartolomé el 18 de Septiembre de 1782. Militar de profesión, como sus antepasados, ascendió a Capitán en 1810 y a Teniente Coronel el 17 de Febrero de 1833. Compatibilizó su carrera militar con el cargo de Fiscal de la isla de Lanzarote.

El 7 de Diciembre de 1801, contrae matrimonio con la vecina de San Bartolomé, Doña Bárbara Ramírez Bethencourt, (30-11-1782 / 30-12-1859), con la que tiene ocho hijos, de los que mencionaré solo a dos de ellos: Doña María Concepción Ferrer Ramírez, (10.12.1814-23.03.1898), heredera de la casa y a la que volveremos más adelante y Don Blas Trifón Ferrer Ramírez, (05.07.1823-13.10.1885), último Ferrer que continuó con la tradición militar de la familia.

Dicen que Don Tomás fue una persona muy humana y cuentan que teniendo a su servicio un negro congoleño llamado Juan, que había comprado a Don Luis de Armas, le dio solemne libertad por expreso deseo de su esposa.

Al morir sin sucesión Carlos II, el nuevo siglo trae a España una nueva dinastía, la de los Borbones, con el advenimiento de Felipe V, nieto de Luis XIV de Francia. Las naciones europeas, interesadas en la sucesión española, no se hallaban dispuestas a tolerar el triunfo de la hegemonía francesa, significando la posibilidad que Francia y España se unieran en una sola nación. Por este motivo nació la Gran Alianza entre Inglaterra, Austria, Holanda y Portugal. El emperador austriaco, Leopoldo, cedió a su hijo Carlos los derechos que decía corresponderle sobre España, comenzando la guerra contra los Borbones, que degeneró en una contienda tan sangrienta como pródiga en contradictorios incidentes.

Estos incidentes tuvieron su repercusión en Lanzarote y a raíz de la batalla de Brihuega, el 8 de Diciembre de 1810, el Capitán Don Tomás Ferrer Perdomo se levantó en armas, con la intención de acabar con los afrancesados. Se dirigió a La Vegueta, apresando a varios partidarios de los franceses; en Tinajo reclutó a 20 hombres más y marchó posteriormente a Teguise, enfrentándose a los afrancesados y a los que derrotó en el “Callejón de la Sangre”. Posteriormente celebró una gran fiesta en honor de esta “batalla”.

A Don Tomás le sucede, en la posesión de la casa, su 5º hijo, Doña María Concepción Ferrer Ramírez, (10.12.1814–23.03.1898). Doña María contrae matrimonio el 5 de Octubre de 1845, con Don Dionisio Ferrer Cabrera, (11.04.1814 – +1905), hijo de Don Pedro Agustín Ferrer Perdomo y Doña Catalina Elena Cabrera Pérez. De esta unión nace, entre otros, Don Maximino Ferrer Ferrer, (25.08.1853-09.05.1934), quien continúa con la propiedad de la casa. Casó en 1897con Doña Feliciana Perdomo Perdomo, (n. 1863 + 21.05.1907), hija de Don Juan Perdomo Perdomo y Doña Clotilde Perdomo Ferrer, con la que procreó 4 hijos.

En estado de viudo y a la edad de 54 años, Don Maximino contrae matrimonio, en 2ªs. nupcias, con Doña Carlota Ortiz Guerra, hija del vecino de Guatiza, Don Juan Evangelista Ortiz Pérez y Doña María del Carmen Guerra Bethencourt, natural de San Bartolomé y descendiente, por línea paterna, de Don Francisco Guerra Clavijo y Perdomo, “El Mayor Guerra”, su tercer abuelo.

La joven Carlota pasaba largas temporadas en San Bartolomé, en casa de su abuela materna Doña Damiana Andrea Bethencourt Guerra, que vivía en su casa del Cascajo y a donde desde niña fue enviada por sus padres para recibir los primeros conocimientos en la Escuela de niñas, regentada en esa época por Doña Margarita Toribia Martín Betancort, por carecer Guatiza de centro escolar. En la escuela coincide con su prima hermana materna, Doña Margarita Martín Guerra.

La “Tía Carlota”, como la llamaban, no solo sus familiares, sino la mayoría de los vecinos, fue muy amante y entusiasta de las tradiciones canarias y representaciones teatrales. En el amplio patio de su casa se reunía todo el pueblo para bailar y presenciar las obras de teatro que con frecuencia allí se escenificaban. La última obra representada, “La venganza de la Petra”, fue todo un éxito. La recaudación se destinó a colaborar en la edificación de la recién constituida “Sociedad El Porvenir” de San Bartolomé.

Del matrimonio habido entre Don Maximino y Doña Carlota, nace un solo hijo: Don Carlos Ferrer Ortiz, que se mantuvo soltero y fue el último morador de tan singular vivienda. En la década de los sesenta, del pasado siglo, la edificación se encontraba muy deteriorada y en ella tuvo su sede la “Agrupación Folklórica San Bartolomé”, dirigida por el inestimable Don José María Gil, la que a propuesta del insigne periodista Guillermo Topham, “Guito”, la Agrupación comenzó a llamarse “Agrupación Folklórica Ajei”, nombre del antiguo emplazamiento del pueblo de San Bartolomé. No gustó esta nueva nominación, pero a raíz de conseguir, la Agrupación, el máximo galardón en el Certamen Internacional de bailes típicos, celebrado en 1960 en Santander, fue aceptado por todos, y tanto agradó, que trasmitió su nombre a la casa que le servía de sede. A finales de la década, esta señorial casona continuó deteriorándose, con sus cristales y la mayoría de las tejas rotas. Posteriormente sufrió un pavoroso y devastador incendio que destruyó gran parte del edificio y el rico artesonado del salón principal con techo corredizo. Las dependencias ocupadas por la Agrupación Folklórica, habían sido adquiridas por ésta, a instancias de Don Sebastián Jiménez Sánchez, (1904-1983), Profesor de la Escuela Normal del Magisterio de la capital Gran Canaria, miembro de la Real Academia de la Historia y Comisario Provincial del Servicio Nacional de Excavaciones Arqueológicas, con dinero concedido por la Mancomunidad Provincial de Cabildos, presidida por Don Matías Vega Guerra.

La casa fue adquirida por el Excmo. Cabildo Insular de Lanzarote y mediante permuta con el Ayuntamiento de San Bartolomé, por el terreno donde hoy se encuentra el Monumento al Campesino, pasó a propiedad municipal, quien con ayuda del Cabildo, procedió a la restauración, respetando su estilo arquitectónico y recobrando la singular belleza que antaño tenía.

Por resolución de 21 de Febrero de 1986, se inició expediente para la declaración de Monumento Histórico – Artístico de la Comunidad Autónoma de Canarias a favor de la “Casa Ajei” de San Bartolomé. Definitivamente, San Bartolomé recuperó un preciado bien patrimonial, herencia de sus antepasados. La Corporación Municipal acordó destinar la propiedad a diversas actividades culturales. La primera utilización del edificio, junto a varias construcciones anexas, que en nada desmerece el conjunto, fue la instalación de una sección delegada del Instituto Agustín Espinosa de Arrecife, más tarde Instituto de Enseñanza Secundaria de San Bartolomé, que continuó ocupando sus dependencias hasta la construcción de un nuevo edificio.

La actual Corporación Municipal, ha decidido trasladar las oficinas de las áreas de Cultura, Educación, Patrimonio y Juventud a la “Casa Ajei”, con el fin de “facilitar a los vecinos el acceso a uno de los espacios patrimoniales más emblemáticos del Municipio”.

martes, 19 de agosto de 2008

La casa del "Mayor Guerra"